Nazio hitza latineko natiotik etorri da. Latinez natio hitzak giza komunitateak izendatzen zituen, kontuan hartu gabe haien errealitate politikoa, gens eta populus hitzen antzera, eta civitas hitzaren esanahiaren aurka. Azken honek komunitate politikoa adierazten zuen. Natio eta gens hitzek odolez lotutako komunitateak adierazten zituzten; civitas eta patriak, ordea, legeei eta instituzioei lotutakoak. XIII. mendera arte ez du nazio hitzak beste esanahia hartuko: odolezko komunitatea adierazten duena, familia arteko harremanak zehazten dituena. Garai hartan pertsona bat izan zitekeen nazio askotako naziokide. XIII. mendean “bizkaitar nazioa”z hitz egiten da dokumentuetan. Bizkaitarrak, garai hartan, antza denez, euskaldunak ziren, nafarrak, gipuzkoarrak, bizkaitarrak edo arabarrak baziren ere. Naziotik nazionalismoa etorriko da, XVIII mendearen inguruan, eta ez du esanahi politikorik izango. Patria hitza, alegia aberria, ez da hiztegietan sartzen XVIII. mendera arte. Ameriketan britainiar tropen aurka borrokatu zirenei patriotes deitzen hasi ziren.
Sieyések, 1789an, Qu’est-ce que le tiers état? testuan nazioaren kontzeptu modernoa ezarri zuen. Nazioa, borondate nagusia eta kontratu soziala lotu egin ziren, estatuaren kontzeptuan. Fichte izan zen nazioari beste jira eman ziona. Nazioa, Fichteren arabera: ”gizon-emakumeen multzoa da, hizkuntza bera hitz egiten dute, antzeko eraginak jasan dituzte kanpotik, eta elkarrekin harremana dute”. Horrek elkarren arteko kultura sortzen du, eta helburu bera ematen die guztiei.
El benedictino español fray Jerónimo de Feijoo, en el tomo III del Teatro crítico (1729), incluyó un comentario titulado Amor a la patria y pasión nacional, donde advertía sobre la distinción entre estos dos sentimientos, siendo el primero, lícito y exigible; y el segundo, desordenado y perturbador, no sólo como dos realidades existentes, sino como dos denominaciones corrientes. Y a ellas añadió en el mismo lugar la de paisanismo, para designar una forma concreta de pasión nacional, que consistía en el vicio de preferir a los paisanos a la hora de formar equipos de gobierno.
De lo mismo, Von Nationalstolz, hablaría Johann-Geoorg von Zimmermann (Zurich 1758), en una obra que se traduciría al francés con el título De l’orgueil national (1769).
A eso mismo se le llamaría nationalism en la Inglaterra del entorno de 1700; y nationalisme en Francia a finales del siglo XVIII, en el sentido de “amor a la nación propia”, sin cariz alguno político, como una forma de localisme, incluso de egoïsme.
Hasta el siglo XIX, solía hablarse de patria con referencia a lo que luego se llamó patria chica, pueblo de cada cual. Por eso mismo, existían patria y patriótico, pero no patriota, y esto hasta los años setenta del siglo XVIII, en que el renombre de los patriotes norteamericanos que lucharon por la independencia frente a las tropas británicas contribuyó a que se impusiera el sustantivo.
Sieyès en Qu’est-ce que le tiers état? (1789) aborda el concepto de nación dejando de lado el aspecto étnico y cultural: “La nación es un cuerpo de asociados que vive bajo una ley común y está representado por una misma legislatura. Pero bien entendido que todos los poderes públicos, sin distinción, son una emanación de la voluntad general; todos vienen del pueblo, es decir de la nación. Estos dos términos deben ser sinónimos”.
Así, la nación pasaba a ser algo que había que construir. Y había que hacerlo a fuerza de cumplir unas condiciones formales (la aceptación de un ordenamiento jurídico y de un soberano comunes) y unas condiciones concretas económicas e institucionales, esto es: estatales. Y el modo de poner manos a la obra no era la relación conyugal que generaba parentesco y transmitía cultura, sino la voluntad general por medio del contrato social (los dos conceptos capitales de Rousseau), que era la expresión de la voluntad del tercer estado de constituirse en nación o, lo que era lo mismo, en Estado (pese a lo cual Sieyès no se inhibía de elucubrar sobre el carácter y la idiosincrasia francesa5, que presuponían, obviamente, una cultura).
Fue Fichte, sin embargo, en el conjunto de lecciones que fueron los Discurso a la nación alemana (1807-1808), quien intentó definir el destino concreto y grandioso, a que estaba llamado Alemania, que se hallaba dividida en varios Estados, por esos días, y que, por tanto, había que unificar. Porque, ante todo, Alemania era una nación. Y una nación era, para Fichte, un conjunto de hombres que hablan la misma lengua: “que han sufrido en su órgano vocal las mismas influencias exteriores y que cultivan su lengua a través de las comunicaciones que nunca dejan de tener los unos con los otros. En último término, los hombres son formados por la lengua, más que la lengua sea formada por los hombres”.
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